domingo, 14 de octubre de 2018

Naranja.


El dulce color anaranjado de las nubes brillaba con la misma fortaleza que tu sonrisa. Rompía la uniformidad azulada del cielo y me recordaba la definición de revolución. Quizás sólo fuera una experiencia estética, pero si hubiera de tener algún significado, sin lugar a dudas, éste sería esperanzador. Era lo único con luz en aquella sombría escena.

La tierra me recordaba que mi lugar estaba en la oscuridad y, cuánto más rápido iba, más se difuminaba todo; fundiéndome en su interior. Pero eso no pasaba allí arriba. Daba igual la velocidad, daba igual que los arbustos taparan el horizonte; las nubes sabían escapar. Y encontraban la forma de atravesar aquella difusa silueta. Bastaba con alzar la mirada. Entonces ocurría. Su magia te cautivaba y, por un instante, te sentías como un pájaro. Libre, inmortal, único. Ya no eras una simple sombra encadenada a un mundo de realidades, te convertías en alguien capaz de volar entre un sinfín de posibles.

Pero el naranja se marchó y dio paso a la noche. Y toda esa magia se fundió en forma de pequeñas joyas brillantes, mecidas al son de una nana que cantaba alguien desde el canto de la media luna:
Duerme, pequeño. Ya volarás mañana.

martes, 21 de agosto de 2018

Roquefort.

Jamás imaginé que Betty acabaría yéndose de la forma en que lo hizo. Por aquel entonces estábamos muy enamorados, se podría decir que nos queríamos de verdad. Ella decía a todas horas que acabaríamos casándonos en una gran iglesia en el sur. Yo bromeaba con que me marcharía a comprar tabaco si eso algún día llegara a ocurrir. No quería casarme, quería seguir siendo libre. Cuando tu novia se convierte en tu mujer tienes un compromiso aún más grande con ella, ya no es otra más con privilegios, sino que se convierte en la única. 

Los dos teníamos amantes, ambos lo sabíamos, pero preferíamos omitir esa parte de nuestra vida. Aunque alguna vez vi algún que otro mensaje de él, en general, Betty solía ser mucho más discreta que yo en ese aspecto. A mí se me solía olvidar no dejar el teléfono a su alcance y ella solía aprovechar para echarle un vistazo. Entonces se ponía muy celosa, lo notaba en su mandíbula, que se hinchaba tanto que parecía que iba a estallar. Sus ojos también se entrecerraban y su tono de voz se volvía más seco. Sin embargo, no podía quejarse porque ella estaba en la misma situación que yo. Pero a mí me daba igual que se tirara al cartero. Era libre y se lo recordaba cada vez que veía su característica pose. Me encargaba de soltar algún comentario que tuviera que ver con este sentimiento. A veces le decía que tal persona había conocido a otra persona y se había fugado dejando a su compañero sentimental tirado con dos hijos y una hipoteca. Eso la reventaba. No soportaba que hablara de la hipoteca. Vivíamos alquilados en un viejo piso a las afueras. Era barato y, aunque podíamos permitirnos algo mejor, prefería vivir en aquella tumba. Pensaba que si ella aguantaba allí es porque me quería de verdad. A cambio de su lealtad, solía regalarle alguna joya cada año por su cumpleaños.

Yo era abogado el becario de un bufete bastante importante, lo cual me daba caché. Ella limpiaba cristales en una multinacional. A veces, además de los cristales, ayudaba al Director a aliviar tensiones, a cambio de una pequeña paga extra, claro está. Pero era una romántica y el dinero que ganaba succionando los males de un pobre anciano se los gastaba en vino barato y una especie de matarratas francés al que llamaba Roquefort. Yo, por pura cortesía, debía poner cara de entusiasmo y fingir que no sabía nada de sus horas extras. Ella me decía que llevaba meses ahorrando para darse sus caprichos, pero que se sentía mal si no se gastaba algo en mí. Eso era amor, yo regalándole diamantes cada 15 de noviembre y ella haciendo felaciones para poder comprarse unos tacones de leopardo con un precio desorbitado y vino y queso baratos para mí. Éramos la envidia de nuestros amigos. 


Por eso me sorprendió que se marchara sin ni siquiera avisar. Un día, por la mañana estaba cambiándose para ir a trabajar y esa misma tarde cuando llegué del bufete no quedaba ni rastro de sus bufandas con estampados de serpientes. Tiempo más tarde supe por un periódico local, que un viejo directivo de la empresa en que trabajaba Betty, y que se había fugado con una limpiadora, había aparecido muerto en la bañera de un hotel de cinco estrellas de una capital europea. Por supuesto, de la acompañante treinta años menor, apenas decía nada. Maldita hija de puta con suerte. Había conseguido destrozar un matrimonio y, encima, se llevó todo el dinero. Era una arpía lista. Podría haber vuelto, podríamos haber vivido en un piso más grande y haber comido Camembert. Eso sí que era un buen queso y no esa cosa mohosa a lo que llaman Roquefort.

martes, 14 de agosto de 2018

Libertad.


A veces me descubro mirando tu retrato, aquel que nos hizo un joven gitano en una transcurrida plaza veneciana. En él se habían quedado grabado los trazos de tu belleza jovial, carente de arrugas y preocupaciones. Tu sonrisa era auténtica. Eras feliz.
                Cuando lo miro, no pienso en nada. Simplemente me dejo llevar por mis recuerdos. Suelo acordarme de un paseo que dimos por el monte que había detrás de casa de tus padres. Era un día no excesivamente caluroso de verano y decidimos ir allí en lugar de a la playa, para poder desconectar del mundo. Una vez allí, iniciamos una travesía, sin rumbo. Simplemente empezamos a andar en una dirección, subiendo por un pequeño sendero y sentándonos sobre la tierra. El color pajizo de la hierba señalaba que era una época de sequía, sin embargo, a nosotros eso no nos preocupaba demasiado. Caminábamos dibujando una coreografía improvisada con nuestro cuerpo. Cualquiera que nos viera de lejos hubiera pensado que estábamos un poco borrachos o demasiado enamorados. Lo estábamos, al menos yo.
                Pero tú eras como la Luna, un ser único, sin dueño. Eras libre y lo sabías. Y por eso te quería, porque no necesitabas que te poseyera, sino que camináramos al lado el uno del otro. Éramos diferentes. No nos decíamos cosas como «eres mío» o «te quiero para mí solo», simplemente nos mirábamos y las palabras sobraban. Y ambos sabíamos que cualquiera podía alejarse en cualquier momento, sin embargo, ninguno tuvo miedo. Nos cogíamos de la mano y al rato nos soltábamos. Era nuestra forma de querernos. Libres, sin cadenas emocionales, pero con un amor verdadero. En cierto modo, creo que era producto de nuestra forma de entender el mundo. Se nos había quedado pequeño, nos asfixiaba. Por eso preferíamos el cielo, porque ahí podíamos volar. Y porque la Luna velaba por nosotros. Durante el día éramos extraños que se acariciaban y se besaban y se hablaban. Durante la noche un vínculo profundo se formaba entre nosotros. Y cuando alzaba la mirada al cielo nocturno, mi duda se despejaba. Estábamos hechos para estar juntos, pero solo bajo la atenta mirada de las estrellas.
                Por eso, cuando te marchaste, no te eché de menos mientras el sol reinaba en el firmamento. Pero sí que te añoraba por las noches. Me sentía vacío, no como alguien que nunca ha sentido, sino como alguien que lo ha perdido todo, pero a la vez no ha perdido nada. Y era así porque los dos éramos libres.

               
                Han pasado muchos años ya. Ahora tengo esa familia que tanto deseé y un buen puesto en una de esas multinacionales que tanto detestábamos. No te mentiré, tenía razón cuando te dije que mi ser acabaría muriendo. Creo que es mi castigo. Al principio traté de llenar mi vacío con alcohol, después con mujeres. Pero al final dejé que me consumiera. Decidí que era más sencillo buscar un buen empleo que me diera los suficientes dolores de cabeza como para no sentir esa ausencia en mí. Y, por si eso no bastaba, también busqué una buena y aburrida mujer y tuvimos dos preciosos hijos. Ninguno de ellos tiene la culpa de nada, faltaría más. Sin embargo, creo que sienten que no son suficiente. Claro que, ¿cómo podría explicarle que, en realidad, lo que pasa es que hace mucho que dejé de ser yo mismo? Pero soy feliz, al menos todo lo que puedo serlo.
                Después de que te fueras decidí no molestarte. Sabía que necesitabas tiempo para encontrarte. Yo también lo necesitaba. Pero confiaba en que acabarías regresando. Quizás por eso no luché. Aunque, tal vez, en el fondo estaba muerto de miedo. Sin embargo, ¿acaso importa ya? La vida ha sido justa conmigo. Perdí mucho, es cierto, pero jamás fue mi intención dejarlo ir. Y ella lo sabía, y por eso me recompensó, en cierto modo.


                Aún no es tarde para reencontrarnos. Todavía puedo buscarte, pero ¿y si estás en brazos de otro hombre? No puedo arriesgarme. Y es doloroso, créeme. Sin embargo, no puedo arriesgarme. Ya no. Dicen que «el que juega con fuego se acaba quemando». Bien, pues yo digo que el que pasa demasiado tiempo entre las estrellas acaba estrellándose. Y eso es lo que me pasó, que me estrellé. Espero que tú aún sigas volando, por mí. Por ti. Porque tú siempre fuiste libre y yo sólo un preso más.

jueves, 2 de agosto de 2018

Los mismos ojos.

Paseábamos juntos por la playa. Llevábamos un buen rato cuando dijiste de tumbarnos sobre la arena. Estaba tibia y el sol, casi escondido. Pero, era un placer estar allí, contigo, los dos solos. Coloqué cuidadosamente la toalla en la arena, dando la sensación de ser una alfombra. Te sentaste, cruzando tus piernas. Yo aproveché aquella postura para usarlas de almohada, eran muy cómodas. Los desniveles de la arena hacían que la postura fuera un poco incómoda, así que me agité. Tú me miraste extrañada y sonreíste. No sé si era fruto de la apuesta de sol, o simplemente tu presencia, pero me gustaba aquello. Quizás podría decirse que me sentía alegre. 

Empezaste a jugar con mi pelo, formando remolinos entre mis rizos y uniéndolos en trenzas o pequeñas coletas. Debía ser gracioso porque reías cual niño pequeño en aras de sus travesuras. Aquella era la mejor banda sonora, el silencio de dos seres que se entienden sólo con miradas y las carcajadas. De vez en cuando abría los ojos y te miraba, pero tú no lo sabías, porque mis gafas reflejaban los últimos rayos. Debía ser duro querer mirar el alma de alguien y no ver más que los reflejos de unos cristales de espejo azul. En cambio, yo sí que veía los tuyos. Cuando reían, irradiaban felicidad pura y sincera. Cuando callabas, dolor. 

Rememoré los años que antecedieron a aquel momento. Tenías esa misma mirada de infelicidad e incomprensión. Quise preguntarte qué es lo que te comía por dentro, pero hacía demasiado tiempo que me rendí. Conocer a las personas las humaniza y eso es un problema. Puedes llegar a entenderlas, o no; pero sufres con ellas. Odio eso, por eso prefiero perderme entre la espuma de la cerveza. Dicen que hay quien bebe para olvidar, otros para escapar; yo, simplemente, para no sentir.


Cerré los ojos y giré la cabeza. Tú no te diste cuenta y seguiste en tu tarea. Al menos, mientras jugabas con mi cabello podías ser feliz.

domingo, 13 de mayo de 2018

Dos mundos.


Pasé por delante de ti y, sin que te dieras cuenta, te observé. Fue un segundo, eterno para mí, fugaz e irrelevante para el resto de los mortales.
Estabas sentada sobre el bordillo de una pequeña valla de ladrillos. Tu pelo rojizo brillaba con luz propia bajo la sombra de un techo asfixiante. Llevabas una ceñida camiseta gris que dibujaba la curva de tus pechos y también la de tu tripa. Tus pronunciadas caderas también se dibujaban bajo la opresión de unos vaqueros claros, a juego con tu piel. A tus pies, por su parte, los protegían unas Converses rojas algo desgastadas.
Tus preciosos ojos oscuros miraban aburridos a tu amiga, que estaba sentada a escasos centímetros de ti. En la mano sujetabas tu teléfono, deseosa de que ella callara para poder perderte en un mundo irreal de dígitos interconectados. Tu perfil en las redes sociales te define y es que, quizás, es el lugar idóneo para ser quién no puedes ser en el mundo real.

Lo cierto es que, en el poco tiempo en que te vi, una sensación maravillosa inundó mi ser. Tu belleza, quizás algo subjetiva pero indiscutiblemente cierta, hacía estallar en mí una fuerte tensión, probablemente deseo, de acercarme y presentarme. Sin embargo, junto a esa sensación lujuriosa, un temible sentimiento de rechazo me sacudía, instantáneamente después del placer y me recordaba que nuestros mundos, aún pareciendo tan cercanos, estaban a años luz de distancia.

No puedo evitar pensar en lo que hubiese pasado si hubiera vencido a esa vergüenza, más propia de los adolescentes que de los adultos, y me hubiera presentado. Quizás hubiese sido un poco violenta, no te lo niego. Y, probablemente, te hubieras preguntado “y este tío, ¿de qué va?”. Aunque, también podría haber pasado todo lo contrario. Con suerte, te hubiera parecido gracioso o, al menos, un tanto divertido. Tal vez, hasta hubieras accedido a tomarte un café conmigo. ¿Quién sabe?

Dichosa estupidez humana, condenada cobardía paralizante y maldito geniecillo que me controla y me atonta. Ojalá fuera más irracional, más pasional, más lanzado. Ojalá pudiera, algún día sentarme a tu lado en ese bordillo y mirarte a los ojos, aunque fuera en silencio. Que me preguntaras qué me pasa o si tienes algo en la cara. Y que esta estupidez, vestigios del adolescente que fui, decidiera abandonarme a mi suerte. Pero eso no sucederá. Lo sé. Y seguiré pasando por delante de ti, sin que tú ni siquiera sepas quién soy, camino a mi mundo. Deseando pertenecer al tuyo, en silencio.

jueves, 3 de mayo de 2018

Galletas

El calor del verano aún no ha llegado a este pequeño pueblo de la costa mediterránea. Aunque el frío se aleja poco a poco, aún hace acto de presencia en las noches de fin de semana, momentos perfectos para que los jóvenes salgan a disfrutar de juergas propias de su edad. Algunos, los más conservadores, circulan cogidos de la mano de otra persona. Quizás nunca te hayas fijado, pero es bastante curioso ver los cortes de pelos y el color de estos, abundan las tonalidades oscuras —castañas, en su mayoría—, aunque también hay cabelleras rubias e, incluso, de colores tan exóticos como azules chillones, rosas fucsias o verdes pistachos; que, combinados con flequillos de punta o largas melenas, hacen que ver a los jóvenes por la calle sea todo un espectáculo para la vista.

Yo no soy viejo, de hecho, no hace mucho solía pasear abrazado a una chica alta, delgada y muy, muy inteligente. Pensaba que era la pareja ideal para mí. Éramos tal para cual, conectamos desde el primer día y nuestro romance fue digno de los poemas más picantes de cualquier escritor erótico. O al menos, eso parecía. Y, tal vez, fuese ese el problema, que parecíamos almas gemelas, pero realmente éramos de dos galaxias completamente diferentes. Tampoco quiero aburrirte con esta historia llena de pequeños detalles que carecen de importancia; el resultado ya lo conoces. Ella está ahora muy lejos de esta costa.

Durante estos últimos meses he tenido que volver a acostumbrarme a andar sólo por la calle en las frías noches de invierno, esperando encontrar a esa alma gemela que aún no ha llegado. Mientras esperaba —y sigo esperando—, veía series de amores que sólo ocurren en los guiones de los más sádicos redactores de historias: los falsos románticos. Además, siempre conseguían que me identificara con uno de los protagonistas y recreaban a la perfección el estilo de persona que busco. Supongo que, después de todo, soy igual de simple que el resto de la población mundial, uno más en la masa.
Pero, el buscar un final feliz a tu historia rota en Netflix no crea más que desolación y desesperación. ¿Por qué, si todo el mundo es tan feliz y tantas películas y series hablan de ese sentimiento, yo no lo tengo? ¿Acaso soy diferente al resto? Esas preguntas no fueron sino el inicio de unas más profundas, más complejas, más filosóficas. Preguntas que —supongo— todo el mundo se hace, pero que ninguna asignatura te prepara para ser capaz de afrontarlas. Y es ese el peaje que debemos pagar si queremos ser libres. Sin embargo, si consigues responder a las preguntas, quizás llegues a la misma conclusión a la que yo llegué: realmente, ¿cómo de importante es el amor? Nos dicen que la vida tiene un sentido, pero nadie ha conseguido demostrarlo. Y, cuando reprochas esa carencia, todo el mundo te habla del amor, ¡cómo si acaso ellos fueran expertos en sentimientos! ¡Necios! ¡Necios todos! El amor no es lo que te enseñan en las películas o en los libros, el amor es algo tan profundo, tan inexplicable, que es imposible de plasmar mediante palabras. ¡Porque nuestro lenguaje es limitado! Pero, por supuesto, el amor también se acaba. Todo tiene un final, es la única teoría —junto con que todo tiene un inicio— cierta e irrefutable en su totalidad. 
Esta falta de sentido existencial abruma a cualquier persona, sin embargo, no es tan distinto de comer galletas. Hay gente que raciona las galletas, otros que no pueden resistirse y acaban con el paquete entero… Millones de personas, millones de formas de comer galletas. Por eso, cuando el amor se acaba es como cuando se acaban las galletas. Hay gente que quiere más y no puede dejar de pensar en estas y otras que, cuando se acaban, ya no piensan más en ellas. Así estoy yo. Ya no tengo más galletas, se han acabado y no me importa. Obviamente, si hubiera chocolate o algo que pudiera sustituirlas lo comería —por simple gusto—, pero me da igual. Sólo pienso que algún día no habrá más galletas. Y, entonces, sólo puedo inclinar mi cerveza y sonreír a esas personas que aún comen galletas, mientras espero a que una nueva caja vuelva a aparecer en mi despensa.

miércoles, 11 de abril de 2018

Bernardo


Dicen que la única manera de saber quiénes son tus verdaderos amigos es hacer que te metan en la cárcel. Y en una época tan oscura como una dictadura, acabar allí está pan comido. No tuve que hacer mucho más que pasear por las calles de la ciudad al son del grito: “Muerte a Franco y a esa escoria fascista”.
La mayoría de los transeúntes me miraban de reojo, con miedo a ser relacionados conmigo. Algunos jóvenes me echaban miradas desafiantes. De hecho, un par de ellos venían hacia mí cuando una pareja de policías corría hacia mí, porra en la mano. Eso los detuvo. Los golpes fueron certeros y secos, haciendo surgir hematomas en mis vastas piernas y en mis curtidos brazos. Caí al suelo tras encajar los violentos impactos y no me resistí a ser esposado.

Por aquel entonces yo era un hombre poderoso, alguien que asistía a todas las fiestas que la élite organizaba. Bebía un buen whisky escocés de importación, que solía compartir con el alcalde y fumaba los mejores cubanos, regalos del embajador en la capital. Me consideraba un hombre con mucho poder y, por supuesto, con amigos. Aunque, no me conformaba con eso. Quería saber quién se acercaba a mí para tener una porción de poder y quién lo hacía con desinterés. Hablé entonces con mi hijo y le conté mi plan: haría que me encarcelaran y le diría que expandiera la noticia por mi círculo. Le dije que pidiera ayuda a mis “amigos” con la fianza, alegando que habían congelado mis cuentas. No obstante, como hombre precavido que soy, le di a mi hijo una jugosa cantidad de dinero, lo suficientemente grande como para poder pagar tres o cuatro veces el precio de la multa. Le especifiqué también que después de tres noches en el calabozo, abonara la cantidad fijada y me devolviera la libertad.

Quizás a otro hombre, de otra posición social, lo hubieran condenado a trabajos forzados —o, incluso a muerte— por aquellos gritos, pero también avisé al ministro que se encargaba de dirigir a los cuerpos de seguridad de que se trataba de un experimento (por supuesto, con un jugoso jamón entendió la importancia de tal experiencia). Así que, en cierto modo, jugaba con ventaja.

El primer día no vino nadie, a parte de mi hijo (el teatro debía ser creíble) a verme. Pero no me apuré, aún era pronto. El segundo día tampoco vino nadie, pero mi primogénito llamó. Confirmó mis sospechas, ninguno de mis allegados se atrevía, siquiera, a poner dinero para sacarme de prisión. La última jornada se hizo una eternidad. Por supuesto, no esperaba a nadie. Sin embargo, un viejo conocido apareció por allí. Bernardo.

Al verle pensé, que quizás iba a visitar a alguno de los presos que estaban en las otras celdas, eran chicos jóvenes que bien pudieran haber sido sus hijos. Pero me sorprendió que se detuvo delante de mi celda.
      Señor Pascual, no sé si me recordará. Soy Bernardo, viejo amigo suyo en la escuela. Yo sé que hace mucho de aquello y posiblemente no se acuerde de mí. Seguro que la multitud de personas a las que conoce han desplazado a mi persona de su memoria.
      Bernardo, claro que me acuerdo de usted.
      Verá, llegaron rumores de que estaba usted en prisión y que no había conseguido reunir el dinero para la fianza. Yo no tengo mucho, pero si lo necesita, lo pongo a su disposición. Sé que su hijo es el encargado de recoger las pelas, así que no se preocupe. Yo se las llevaré. No se merece eso.

Para nada me esperaba ese detalle de un pobre campesino al que hacía diez años que no veía.

Cuando salí de la cárcel, tres noches después de entrar, como había pactado con mi hijo, fui al pueblo en busca de Bernardo. Lo encontré labrando el campo. Al verme dejó su faena y me saludó. Le hice un gesto con la mano y lo invité a subir a mi Hispano-Suiza.
      Estoy sucio, señor —se negó—.
      Vamos, no se haga de rogar.
      Está bien, si insiste…
Cuando ya estuvo acomodado a mi lado le dije que indicara al conductor el camino hasta su casa. Atravesamos medio pueblo hasta llegar a un pequeño y humilde chamizo.

      No es muy grande, pero al menos nos protege del calor en verano y del frío en invierno y de la lluvia.

Extendí entonces mi billetera y garabateé unos ceros detrás de un uno y una rúbrica. Arranqué el cheque y se lo di.
      Tome Bernardo, con esto vivirá bien el resto de su vida. Su familia no volverá a pasar hambre. Además, si acepta, me gustaría pagarle una educación digna a su hijo, para que pueda vivir en la ciudad y gane un buen sueldo.
      Señor, eso es demasiado…
      No, usted fue el único amigo que tuve cuando más los necesitaba. Déjeme agradecérselo como es debido.

[…]

Bernardo murió hace un año, jamás se mudó de aquella vieja choza, sin embargo, hice que enterraran a su mujer y a él en el mausoleo de mi familia. Su vida fue dura, pero, al menos; me queda el consuelo de saber que en su última etapa fue feliz. El dinero dejó de ser un problema y desde entonces me encargué de introducirlo en aquel mundo de fachada miserable en el que vivía. Nunca fue bien visto allí, sin embargo, para mí aquel hombre sencillo y fiel era mucho mas humano que cualquiera de las presas adineradas que se bebían mi whisky y se fumaban mis cigarros.